Ensayo sobre la lucidez
En una entrevista reciente, José Saramago ha dicho que después de escribir Ensayo sobre la lucidez, su más reciente novela, ya puede morir en paz. No se piensa morir todavía, agrega Saramago, aún piensa publicar un libro más; pero si tuviera que morir ahora mismo, después de escribir su reciente libro, se sentiría satisfecho.
No sorprende a quienes han seguido con atención la trayectoria literaria de Saramago que el premio Nobel portugués considere su novela reciente como su legado literario. Ensayo sobre la lucidez viene a completar y a sintetizar la desencantada e irónica visión del mundo de su autor, en la línea de sus más recientes y mejores novelas, a saber: Ensayo sobre la ceguera, Todos los nombres, La caverna y El hombre duplicado.
Ensayo sobre la lucidez nos ubica en su arranque, durante las elecciones municipales de una ciudad sin nombre, en la mesa electoral número catorce, a cuyo consejo preocupa que el mal tiempo que hace —llueve a mares— pueda fomentar la abstención de los votantes. Durante toda la mañana el abstencionismo adquiere niveles alarmantes. No es sino en la tarde cuando se presentan los primeros electores.
Pasada la medianoche, cuando el escrutinio termina, los miembros del colegio electoral de la mesa número catorce contabilizan más del 70 por ciento de los votos en blanco. El porcentaje de votos en toda la ciudad tiene parecidas proporciones. Ante este caso inédito e inaudito en la historia de la ciudad, se vuelven a convocar elecciones. El porcentaje de votos en blanco se eleva al 80 por ciento.
Ensayo sobre la lucidez se puede dividir en dos partes. En la primera parte, que abarca más de la mitad de su extensión, los lectores somos testigos de los medios de represión de que un gobierno elegido democráticamente se vale para coaccionar a los ciudadanos que han ejercido su derecho a protestar, a fin de evitar que el sistema democrático, oh paradoja, colapse. Saramago despliega toda su ironía para evidenciar a estos funcionarios de alto nivel sin escrúpulos, cuyo fin último es, ante todo, conservar el poder.
No es sino en su segunda parte cuando la novela adquiere su protagonista, un comisario de policía que es enviado a la ciudad sin nombre, a raíz de la paranoia de los altos funcionarios —el gobierno se ha instalado fuera de la ciudad, a la que han sitiado— para que averigüe un asunto relacionado con una carta que el gobierno ha recibido y en la cual se relaciona un hecho ocurrido hace cuatro años —que una mujer haya conservado la vista durante la ceguera masiva que los habitantes de la ciudad sufrieron, anécdota central de Ensayo sobre la ceguera—, con los recientes actos subversivos —los votos en blanco— de los ciudadanos.
Este comisario de policía se verá ante la disyuntiva moral de seguir apoyando al gobierno para el cual trabaja, a pesar de haber descubierto que se vale de medios sucios para coaccionar a los ciudadanos, o en cambio apoyar a los ciudadanos que están en su derecho de protestar ante un sistema democrático degenerado, aun a costa de poner en riesgo su propia vida.
Formalmente, Ensayo sobre la lucidez no sorprende a los lectores de Saramago. Al igual que en todas sus novelas a partir de Levantado del suelo, el autor se vale aquí de los recursos que ya lo caracterizan como novelista: narrador omnisciente que tiene conciencia de su propia naturaleza y que se entromete con frecuencia, con reflexiones y anécdotas, en la historia que está contado —y en este punto, Saramago es un caso quizá único entre los novelistas contemporáneos—, la coma seguida de una mayúscula en vez de las comillas o el guión largo para indicar que un personaje habla.
Sin embargo, Ensayo sobre la lucidez, al igual que las anteriores seis o siete novelas de Saramago, sí constituye un avance respecto de las primeras novelas del autor, en cuanto a que la retórica y las digresiones del narrador se han vuelto en ella más divertidas y ágiles, más significativas respecto de la historia que se narra, a diferencia de casos como El año de la muerte de Ricardo Reis o Memorial del convento, donde la retórica es tan prolija y escasamente ligada a la historia que se narra que no consigue sino volver farragosas unas novelas que no consiguen ser, a causa de ello, sino apenas notables.
Ensayo sobre la lucidez, ya lo he dicho, completa y sintetiza la visión de mundo irónica, desencantada del autor, desplegada ya en otras novelas, y nos advierte respecto de los peligros que abriga auspiciar como ciudadanos una democracia degenerada.
Javier Munguía