mai 05, 2005

Ensayo sobre la lucidez

En una entrevista reciente, José Saramago ha dicho que después de escribir Ensayo sobre la lucidez, su más reciente novela, ya puede morir en paz. No se piensa morir todavía, agrega Saramago, aún piensa publicar un libro más; pero si tuviera que morir ahora mismo, después de escribir su reciente libro, se sentiría satisfecho.
No sorprende a quienes han seguido con atención la trayectoria literaria de Saramago que el premio Nobel portugués considere su novela reciente como su legado literario. Ensayo sobre la lucidez viene a completar y a sintetizar la desencantada e irónica visión del mundo de su autor, en la línea de sus más recientes y mejores novelas, a saber: Ensayo sobre la ceguera, Todos los nombres, La caverna y El hombre duplicado.
Ensayo sobre la lucidez nos ubica en su arranque, durante las elecciones municipales de una ciudad sin nombre, en la mesa electoral número catorce, a cuyo consejo preocupa que el mal tiempo que hace —llueve a mares— pueda fomentar la abstención de los votantes. Durante toda la mañana el abstencionismo adquiere niveles alarmantes. No es sino en la tarde cuando se presentan los primeros electores.
Pasada la medianoche, cuando el escrutinio termina, los miembros del colegio electoral de la mesa número catorce contabilizan más del 70 por ciento de los votos en blanco. El porcentaje de votos en toda la ciudad tiene parecidas proporciones. Ante este caso inédito e inaudito en la historia de la ciudad, se vuelven a convocar elecciones. El porcentaje de votos en blanco se eleva al 80 por ciento.
Ensayo sobre la lucidez se puede dividir en dos partes. En la primera parte, que abarca más de la mitad de su extensión, los lectores somos testigos de los medios de represión de que un gobierno elegido democráticamente se vale para coaccionar a los ciudadanos que han ejercido su derecho a protestar, a fin de evitar que el sistema democrático, oh paradoja, colapse. Saramago despliega toda su ironía para evidenciar a estos funcionarios de alto nivel sin escrúpulos, cuyo fin último es, ante todo, conservar el poder.
No es sino en su segunda parte cuando la novela adquiere su protagonista, un comisario de policía que es enviado a la ciudad sin nombre, a raíz de la paranoia de los altos funcionarios —el gobierno se ha instalado fuera de la ciudad, a la que han sitiado— para que averigüe un asunto relacionado con una carta que el gobierno ha recibido y en la cual se relaciona un hecho ocurrido hace cuatro años —que una mujer haya conservado la vista durante la ceguera masiva que los habitantes de la ciudad sufrieron, anécdota central de Ensayo sobre la ceguera—, con los recientes actos subversivos —los votos en blanco— de los ciudadanos.
Este comisario de policía se verá ante la disyuntiva moral de seguir apoyando al gobierno para el cual trabaja, a pesar de haber descubierto que se vale de medios sucios para coaccionar a los ciudadanos, o en cambio apoyar a los ciudadanos que están en su derecho de protestar ante un sistema democrático degenerado, aun a costa de poner en riesgo su propia vida.
Formalmente, Ensayo sobre la lucidez no sorprende a los lectores de Saramago. Al igual que en todas sus novelas a partir de Levantado del suelo, el autor se vale aquí de los recursos que ya lo caracterizan como novelista: narrador omnisciente que tiene conciencia de su propia naturaleza y que se entromete con frecuencia, con reflexiones y anécdotas, en la historia que está contado —y en este punto, Saramago es un caso quizá único entre los novelistas contemporáneos—, la coma seguida de una mayúscula en vez de las comillas o el guión largo para indicar que un personaje habla.
Sin embargo, Ensayo sobre la lucidez, al igual que las anteriores seis o siete novelas de Saramago, sí constituye un avance respecto de las primeras novelas del autor, en cuanto a que la retórica y las digresiones del narrador se han vuelto en ella más divertidas y ágiles, más significativas respecto de la historia que se narra, a diferencia de casos como El año de la muerte de Ricardo Reis o Memorial del convento, donde la retórica es tan prolija y escasamente ligada a la historia que se narra que no consigue sino volver farragosas unas novelas que no consiguen ser, a causa de ello, sino apenas notables.
Ensayo sobre la lucidez, ya lo he dicho, completa y sintetiza la visión de mundo irónica, desencantada del autor, desplegada ya en otras novelas, y nos advierte respecto de los peligros que abriga auspiciar como ciudadanos una democracia degenerada.

Javier Munguía

Del propio ser

“Existir es emerger desde adentro hacia afuera. Yo me coloco fuera y en ese momento existo. Lo que existe es lo que coloco fuera de mí, ¿qué coloco fuera de mí?: mi propio ser. Saco de mi todo lo que existe, sacándome frente a mí mismo”.

Horst Matthai Quelle

mai 03, 2005

No va más

Dale un tiro al pasado y empezá,

Homero Expósito

mai 02, 2005

Ajedrez

I

En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.

Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.

Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.

En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.

II

Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.

También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y blancos días.

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?.

Jorge Luis Borges

Breve sobre el ser espiritual

Me dicen que somos sustancia espiritual que no fenece, enfundada en un vaso efímero; que nuestro pensamiento es una dote excepcional que funciona a través de un órgano vital desarrollado; que cualquier acción derivada de nuestro pensamiento puede ser fácilmente perdonable. El chiste —porque es un chiste— es revolotear en torno al que Es el que Es.
Me hablan de la fe, pero ¿qué es la fe sino una débil resistencia ante la muerte?
En suma, creados por ociosidad y egolatría y puestos a jugar sobre maquetas, condenados a una bondad infinita, burlados con la picardía de un libre albedrío sin escapatoria ante el chantaje.
Yo por ello creo en la vida, que me ha hecho capaz y limitado, elector y ejecutivo. Y así pues que haya Dios o que no lo haya sea estrictamente asunto Suyo.

Cuánto

Cuántos zopilotitos,
baiburines, corucos,
cuántos siboris
bajan por el arroyo
transparente, casi azul.

cuántos papalotes
de larga cola
dejamos volar
por el aire,
cuántos telegramas
mandamos por el hilo
a descampado,
cuánto amor
no nos agujeteó
los ojos,
cuánto silbar
del viento, cuánto, cuánto,
cuánto
estar naciendo
de por sí,
pequeño.

Alonso Vidal

mai 01, 2005

A punto

Estoy siempre a punto.

Nunca disparo.
Sólo apunto.

avril 30, 2005

Un barco

explicar con palabras de este mundo
que partió un barco de mí llevándome

Alejandra Pizarnik

Memoria de mis putas tristes

LUGAR COMÚN entre los desinformados es afirmar categóricamente que, luego de Cien años de soledad, Gabriel García Márquez no ha publicado nada que alcance la calidad de aquella su primera obra maestra, la cual el Premio Nobel colombiano habría tratado de repetir sin conseguirlo en sus obras posteriores.
Dicho postulado cae por su propio peso al revisar, aun someramente, su obra posterior a la novela de Macondo. Tres de sus más importantes novelas fueron publicadas después de Cien años de soledad (1967): El otoño del patriarca (1975), Crónica de una muerte anunciada (1981) y El amor en los tiempos del cólera (1985). Ninguna de ellas, además, tiene, ni estructural ni argumentalmente, nexos demasiado evidentes con Cien años de soledad.
Otras obras importantes publicadas luego de su novela más conocida, por mencionar sólo tres, son Doce cuentos peregrinos (1992), el cuentario más próximo al que el autor siempre quiso escribir, según se lee en el prólogo del libro; Del amor y otros demonios (1994), novela luego de la cual no frecuentaría el género sino diez años después; y Vivir para contarla (2002), el primer tomo de sus memorias.
En estas tres obras, al igual que en las tres novelas ya mencionadas, vemos a un autor en pleno dominio de sus recursos, dueño de una prosa musical que invita al lector a seguir leyendo (una excepción a esto último es El otoño del patriarca, su novela más ardua, de difícil acceso) y que va ganando mayor precisión de libro a libro.
Este año, Gabriel García Márquez sorprende a sus lectores con un retorno triunfal y no anunciado (se esperaba el segundo volumen de sus memorias; o, en su defecto, un cuentario del que desde hace un par de años se puede leer el primer cuento en internet: “Nos vemos en agosto”) al género de la novela: publica Memoria de mis putas tristes.
Memoria de mis putas tristes es una deliciosa novelita sobre el amor, la soledad y la vejez. La obra, en síntesis, cuenta la historia de un hombre que descubre el amor a los 90 años. Si antes no tenía más expectativa que regalarse “una noche de amor loco con una adolescente virgen” para celebrar sus  nueve décadas de vida, luego de la revelación, ante esa misma adolescente, no puede menos que desear vivir muchos más años.
Se pueden establecer nexos entre esta novela y “María dos Prazeres” (uno de los mejores cuentos del autor, incluido en Doce cuentos peregrinos) por la revelación tardía, casi epifánica del amor en ambos protagonistas; existen nexos también con El amor en los tiempos del cólera, por la revisión profunda, minuciosa y honesta (despojada de pudor) que hay en ambos libros de la vejez.
Aunque sutiles, hay innovaciones significativas en la más reciente novela de García Márquez. Desde su primer novela, La hojarasca (1955), el autor no recurría en su obra de ficción al narrador en primera persona (el narrador de Crónica de una muerte anunciada está en primera persona, pero es testigo y narra la mayor parte de la novela en tercera persona).
En Memoria de mis putas tristes es el mismo protagonista quien nos narra su historia, con una gran autoconciencia (dice del libro que leemos que son sus memorias: ha decidido llamarle “Memoria de mis putas tristes”) que sorprenderá a quien conozca la obra de García Márquez: ninguno de los narradores de la ficción del autor colombiano reflexiona sobre el propio arte de narrar al grado en que lo hace éste.
Todavía se da el lujo García Márquez de inventar palabras en su reciente novela cuando las que existen no le alcanzan para expresarse. Recuerdo de momento dos: “honorar” y “disturbar”.      
No hay razón para ocultar que, pese a lo anterior, Memoria de mis putas tristes puede no sorprender a los lectores de García Márquez, cuya prosa tiene marcas identificables para quien lo conoce, cuyos nuevos personajes tienen salidas ingeniosas que se parecen a las de otros personajes del mismo autor.
Sin embargo, me atrevo a aventurar que, luego de leerla, no habrá lectores que ignoren el gran oficio de Gabo puesto al servicio de una historia que nos conmueve, nos emociona; que goza, por prestidigitaciones del autor, de nuestra aquiescencia literaria y  afectiva, y que no nos permite dejar de leerla, apenas empezada la lectura (no sabemos si por el interés que la historia misma suscita o por el hechizo que la prosa ejerce en nosotros), sino cuando hemos devorado la última línea de la última página del libro.

Javier Munguía

avril 29, 2005

Hasta mañana

Cerré la puerta tras de mí de cualquier modo, aventé el llavero en la tina del lavaplatos, destrabé mis zapatos de los talones e hice un recorrido de excesivo talco en los calcetines hasta mi habitación.
La cama estaba hecha y tuve la sensación fugaz de no haberla dejado así, pero me zafé los pantalones y desarraigué los botones de sus ojales a la camisola sin detenerme sino en la dulzura del cobertor.
Apenas habiéndome acostado, me sumergió por completo en el sueño el sopor nostálgico que venía acompañándome desde que en el trabajo, en medio del alboroto controlado de la salida, Federico me dijo “hasta mañana”.

Federico y yo habíamos sido grandes amigos, estrechos solitarios vinculados por una intermitencia frecuentísima de sesiones catárticas, desde que una vez, en alguno de los tantos festejos organizados por los compañeros de la oficina, pasados de tragos, nos confesamos ser los olvidados del amor. Supongo que fuimos a tal extremo ignorados que nadie dio cuenta de nuestro intercambio inicial de confesiones, ni de cómo nos vimos en medio de todos por nosotros comprendidos, y menos, incluso menos, de cuándo nos levantamos y nos fuimos a restallar nuestro llanto a mi casa.

Nuestras reuniones fueron siempre más o menos lo mismo. Federico se lamentaba de su deslucida carrera de buscar mujer, de cómo sistemáticamente elegía a las que lo despreciaban desairando a las que habrían podido mostrarle algún interés. Federico hablaba de casos muy concretos: mujeres, sus nombres, cómo habían sido los encuentros con cada una de ellas, los pedregosos azares que lo habían desfavorecido en el transcurso de irse presentando, las sutiles y luego vociferadas negativas de sus cortejadas, las llamadas imperdibles que hacía a sus casas y trabajos, la lluvia de flores, serenatas y hostigamiento, los enfrentamientos con padres, hermanos y la policía, los bares, el filo de las banquetas, su lloro incesante orinándolo todo. En cambio yo, igualmente siniestrado, me desdoblaba en retóricas orbitales. Hablaba del dolor físico de la soledad, de la cualidad pulsátil del miedo, de las ganas de cagar que me dan cuando percibo que ya no soy tan joven. Hablaba de mi condenado corazón a una hambruna inolvidable. Federico no preguntaba más de lo que yo le decía, embriagado en su cúmulo de datos propios. Al final los dos irremisiblemente victimizados, terminábamos echando lo que nos había faltado por decir en el rosario puntual de los pujidos, pero para esas horas tanto él como yo habíamos dejado de escucharnos.

La soledad de Federico no se aguantó las ganas y vino a vivirse con la mía, trayéndoselo consigo. Se aquietaban una a la otra en las tranquilísimas comidas, en las horas de lectura por las tardes; se espiaban interesadas. Las soledades manejaban su amistad con un entusiasmo cargado de urgencia; habían olvidado por completo a qué debían dedicarse. Se burlaban de vernos tan serios y estirados; de ver a Federico meterse al otro lado de mi cama como en un estuche de silencio; de verme a mí en medio de la noche buscando un resquicio para hablarle.

Federico sirvió dos vasos de un vino abrasador que me puso rojas las orejas desde el primer trago. Ya habíamos comenzado en el último bar que visitamos esa noche, en busca de chicas para enamorarlas, a hablar sobre una de las mujeres que lo habían rechazado, la más reciente, así que para la media noche no había nada más que decir sobre la susodicha. “De la que se pierde”, dijo para cerrar apretándose el pantalón en la entrepierna. Mi rostro se obscureció apenas dos segundos antes de que el impulso de la carcajada echara afuera mi cuarto trago. Federico se sumó a la espesura, y riéndonos así no padecíamos de indefensión o de miseria.
Todavía no terminábamos bien a bien de superar el gesto lírico de Federico, y estando yo a medio camino de proveerme el quinto trago, éste me preguntó el nombre de la mujer que me había vuelto triste.

A pesar de haberse mostrado respetuoso y cómodo, e incluso diría que hasta un poco pícaro e innegablemente tierno, Federico, después de esa noche empezó a ejecutar la retirada. Empezó a desaparecer con la misma fina medida con la que pobló mi casa de sus cosas. Desaparecer de las comidas, de los recesos en el trabajo, de la longitud estirada de los fines de semana, de las noches en que selvática su respiración me había sofocado. La distancia entre nosotros creció como una ola interminable, hasta que un día no pude contar ni un solo rastro de su paso por mi vida.

–Soy homosexual –le había dicho esa noche, después de buscar seguridad en su mirada y no habiéndola hallado por completo.
No me creyó de inmediato. Dejó su vaso a un lado, acercó su silla y empezó a interrogarme. Al igual que antes yo hablé del color de la incertidumbre, del peso intestinal de los años, de la curvatura cerrada de la hoz alrededor del cuello. Evité hablar de la ilusión quinceañera de mi primer amor no correspondido, de la masturbación frente al espejo y de que siempre, invariablemente, me enamoraba de hombres enamorados de sus novias. Rodeé como sabía. Ya no había que temer ser descubierto, pero desde el fondo, sin comprenderlo del todo todavía, me callaba el pudor de hablar de otros frente al hombre que se ama.

No hubo necesidad de explicarle a ninguno de nuestros compañeros de trabajo por qué nuestra amistad se había acabado, porque a pesar de convivir con ellos ocho horas diarias de lunes a viernes y en una variedad de eventos de fines de semana a los cuales éramos invitados y asistíamos, ninguno de ellos tenía la más puta idea de quiénes éramos nosotros y de qué la hacíamos en este mundo.

–¿Estás despierto todavía? –me preguntó suavemente Federico.
Apenas iba cayendo en la pompa de los sueños, cuando la pregunta de Federico me jaló hasta los ojos. Y yo creí que me alzaría con todo mi dolor contra su cara hasta devolverlo al hocico negro del olvido al que había decidido exiliarse, cuando descubrí en su mirada un dejo extraviado de haber sido humillado y vencido, y verlo además torpe, irresuelto, mientras manchaba con un halo de orfandad insoportable la alfombra sobre la que ahora se arrodillaba.

Federico, sin emoción, había terminado dentro, se había levantado de mi lado sin un beso, se había bañado en una larga hora, cuando,  metido en su antiguo lado de la cama, sin decir ya nada, sin el halo de desamparo con el que amorosamente lo recibí en mis brazos, se quedó dormido.
Por la mañana no dijimos ni una sola palabra; nuestras soledades se escondían de sí en nuestros costados ocultos. En el trabajo nos embriagamos de ocupaciones y no hubo necesidad de decirnos que cada quien comería por su lado. Yo me fijaba: él no sólo actuaba como si no hubiéramos estado juntos, sino que casi no podía alcanzarse a decir que algo sugiriera una amistad entre nosotros.
Al final del día Federico se acercó a mí, con un halo levemente avergonzado.
–Vámonos –me dijo.
–Hasta mañana –lo despedí con una falsa indiferencia.