“Aférrese a su honor, por la suerte que pueden correr los que comparten su misma carga”, le dice Miss Puddleton, la antigua institutriz y especie de tutora de Stephen Mary Olive Gertrude, cotidianamente llamada Stephen, a ésta. Stephen es homosexual, y más: es una mujer homosexual, una lesbiana de quizá finales del siglo XIX o principios del XX, como la autora del libro que nos la presenta, Radclyffe Hall (1880-1943), en “El pozo de la soledad” (“The well of loneliness”, 1928).
Stephen es la hija única del matrimonio formado por Sir Phillip Gordon y su esposa Anne, en quienes pesó, durante la gestación de Stephen, la seguridad de que se daría a luz a un primogénito varón, obviando la posibilidad, sólo al principio advertida por Anne, de tener una mujer. Tanto peso tenía en el pensamiento del matrimonio Gordon, en la espera de un hijo a diez años de su institución, que éste no fuera sino varón, que les pareció natural empezar a llamarlo, por decisión del padre, con el nombre de Stephen. Y cuando Stephen se apareció con la inesperada sorpresa de ser mujer, tras la evidente decepción, Sir Phillip no desistió de la idea, combatida por su esposa, de bautizarla con el nombre previamente elegido, aunque hubo que sucederlo de otros más suaves.
Stephen Gordon da muestra de singularidad desde el principio, ya que su complexión, sus juegos y sus actitudes son siempre más parecidos a lo que pudiera haberse esperado de un varón, que a lo que debía obedecer su sexo. La semejanza de Stephen a su padre, como un Sir Phillip en miniatura, empieza a dibujar en la entraña materna una reconvención pasiva, un celo inconfesable, y al fin, un simple y llano asco. Sir Phillip, en cambio, intuyendo la condición homosexual de su hija, intenta conducirla de la mejor manera, la cual no halla, debido a que no se atreve a confesarle sus sospechas, y más: engañando las dudas que la niña le formula, la lleva a la tranquilidad pasajera de que en ella no opera sino lo mismo que en todas las chicas.
Aunque Radclyffe Hall utiliza en “El pozo de la soledad” términos que actualmente se consideran inconvenientes, como “invertido”, para referirse al sujeto homosexual, y equivoca una tesis sobre la homosexualidad en las mujeres, adjudicándosela estrictamente a aquéllas de apariencia y actitud varoniles —suponiendo con esto que las lesbianas femeninas son mujeres heterosexuales que aman a una homosexual—, la novela tiene importantes aciertos: mostrarnos la confusión primaria de una homosexual dentro de un contexto social donde la homosexualidad no “existe”; poner de manifiesto el conflicto interno que se origina por el choque de la moral aprendida y la naturalidad con la que en la mujer homosexual mana el deseo amoroso que fluye hacia otra mujer; y después, el sufrimiento emocional por el implacable rechazo de un mundo que la considera en sus actos “abominación” (Lv, 20:13), y su resultante sentimiento de soledad —sentimiento que para muchos homosexuales es más que una apreciación subjetiva, todavía: es una redonda realidad—. Y más aún: Hall insta al homosexual, en voz de la entrañable Puddle, a no abandonar la tarea de la propia construcción humana atendiendo a la idea de que es inútil construir sobre la base de una sexualidad desviada; el homosexual no está fuera de la creación porque existe, y la trayectoria de cada uno afectará la apreciación que el mundo haga sobre el individuo en particular, pero también sobre el concepto de la generalidad de los homosexuales.
El final de la novela, desfavorable a Stephen, molesta a muchos homosexuales, porque consideran que es complaciente con el lector homofóbico. Lejos de mí esa opinión. “El pozo de la soledad” es un contrato imposible de rescisión con el coraje y el honor, para los homosexuales, y con la otredad y el consecuente respeto a éstos, para los heterosexuales; todo esto efectivamente motivado por la presencia de la injusticia y el dolor.