Gotea la cafetera eléctrica —plim, plim— en su jarra vacía. Me quedo mirándola mientras ruge su proceso; “Pinche cafetera”, digo. No puede mearme una taza sin lamentarse. Quieren hacerme sentir culpable sus mugidos delirantes. Parece que su mecanismo es imperfecto. Sus engranes, de tenerlos —jamás he destripado a una— no deben embonar con precisión, pero a propósito. “Pinche cafetera”, repito.
El cigarrillo sin filtro debió haberse consumido durante mi distracción con la cafetera. En un segundo, dos a lo más, se ha convertido totalmente en ceniza. Es un pequeño castillo de arena de ceniza en forma de cigarro. Intocado. Es una perfecta estatua de cigarro de ceniza. Está ahí, en la boquita del cenicero, horizontal, recto en su todo de ceniza. Creo que podría echarme una bocanada de ceniza a la boca. El cigarro —porque es todavía un cigarro en apariencia— me invita a llevarme al beso su compacto cilindro de tinieblas, su barca de eternidad circunnavegante, su pajilla de las fumadas chupadas por donde cabe el mundo, o la muerte, o sin vida o muerte: la vuelta al polvo ascendente. Mis dedos aparecen al extremo derecho de mi mirada, y siguen; van tras el cigarrillo. Brinco mi atención del cigarrillo a esos mis dedos, que no se manean con lo invisible; y al cigarrillo nuevamente. A la derecha ya el cortejo de un erguido brazo cubre las espaldas de mis dedos; el cigarrillo no da muestras de terror, ni de simple percepción. Mis dedos enternecen sus tijeras; el cigarrillo no brinca, no se desmaya, no se para, no se larga. Mis dedos… ¡No!, mi oreja. Mi oreja parabólica se estimula ya a perseguir el sonido, como una antena giratoria: un chorro fluye: el café cascada desde la barra.
“¡Pinche cafetera!”, espeto. Quiere toda mi atención, egoísta. Su gota es tarda, y tengo que bebérmela, porque si no, se desmanda, lacrimosa. Empapa, licua todo el orden para darme hecha baturrillo la mañana. Mas sola seguirá hasta donde llegue; ¡prefiero morder el polvo en un pitillo!
Así carga mi cabeza con toda su mirada, llevándola al azar de la ceniza, suerte de todos. Entonces no configuro dedos, brazo ni avanzada: toco con tersura el cigarrillo, que pierde irremediable su fantasma.