Cerré la puerta tras de mí de cualquier modo, aventé el llavero en la tina del lavaplatos, destrabé mis zapatos de los talones e hice un recorrido de excesivo talco en los calcetines hasta mi habitación.
La cama estaba hecha y tuve la sensación fugaz de no haberla dejado así, pero me zafé los pantalones y desarraigué los botones de sus ojales a la camisola sin detenerme sino en la dulzura del cobertor.
Apenas habiéndome acostado, me sumergió por completo en el sueño el sopor nostálgico que venía acompañándome desde que en el trabajo, en medio del alboroto controlado de la salida, Federico me dijo “hasta mañana”.
Federico y yo habíamos sido grandes amigos, estrechos solitarios vinculados por una intermitencia frecuentísima de sesiones catárticas, desde que una vez, en alguno de los tantos festejos organizados por los compañeros de la oficina, pasados de tragos, nos confesamos ser los olvidados del amor. Supongo que fuimos a tal extremo ignorados que nadie dio cuenta de nuestro intercambio inicial de confesiones, ni de cómo nos vimos en medio de todos por nosotros comprendidos, y menos, incluso menos, de cuándo nos levantamos y nos fuimos a restallar nuestro llanto a mi casa.
Nuestras reuniones fueron siempre más o menos lo mismo. Federico se lamentaba de su deslucida carrera de buscar mujer, de cómo sistemáticamente elegía a las que lo despreciaban desairando a las que habrían podido mostrarle algún interés. Federico hablaba de casos muy concretos: mujeres, sus nombres, cómo habían sido los encuentros con cada una de ellas, los pedregosos azares que lo habían desfavorecido en el transcurso de irse presentando, las sutiles y luego vociferadas negativas de sus cortejadas, las llamadas imperdibles que hacía a sus casas y trabajos, la lluvia de flores, serenatas y hostigamiento, los enfrentamientos con padres, hermanos y la policía, los bares, el filo de las banquetas, su lloro incesante orinándolo todo. En cambio yo, igualmente siniestrado, me desdoblaba en retóricas orbitales. Hablaba del dolor físico de la soledad, de la cualidad pulsátil del miedo, de las ganas de cagar que me dan cuando percibo que ya no soy tan joven. Hablaba de mi condenado corazón a una hambruna inolvidable. Federico no preguntaba más de lo que yo le decía, embriagado en su cúmulo de datos propios. Al final los dos irremisiblemente victimizados, terminábamos echando lo que nos había faltado por decir en el rosario puntual de los pujidos, pero para esas horas tanto él como yo habíamos dejado de escucharnos.
La soledad de Federico no se aguantó las ganas y vino a vivirse con la mía, trayéndoselo consigo. Se aquietaban una a la otra en las tranquilísimas comidas, en las horas de lectura por las tardes; se espiaban interesadas. Las soledades manejaban su amistad con un entusiasmo cargado de urgencia; habían olvidado por completo a qué debían dedicarse. Se burlaban de vernos tan serios y estirados; de ver a Federico meterse al otro lado de mi cama como en un estuche de silencio; de verme a mí en medio de la noche buscando un resquicio para hablarle.
Federico sirvió dos vasos de un vino abrasador que me puso rojas las orejas desde el primer trago. Ya habíamos comenzado en el último bar que visitamos esa noche, en busca de chicas para enamorarlas, a hablar sobre una de las mujeres que lo habían rechazado, la más reciente, así que para la media noche no había nada más que decir sobre la susodicha. “De la que se pierde”, dijo para cerrar apretándose el pantalón en la entrepierna. Mi rostro se obscureció apenas dos segundos antes de que el impulso de la carcajada echara afuera mi cuarto trago. Federico se sumó a la espesura, y riéndonos así no padecíamos de indefensión o de miseria.
Todavía no terminábamos bien a bien de superar el gesto lírico de Federico, y estando yo a medio camino de proveerme el quinto trago, éste me preguntó el nombre de la mujer que me había vuelto triste.
A pesar de haberse mostrado respetuoso y cómodo, e incluso diría que hasta un poco pícaro e innegablemente tierno, Federico, después de esa noche empezó a ejecutar la retirada. Empezó a desaparecer con la misma fina medida con la que pobló mi casa de sus cosas. Desaparecer de las comidas, de los recesos en el trabajo, de la longitud estirada de los fines de semana, de las noches en que selvática su respiración me había sofocado. La distancia entre nosotros creció como una ola interminable, hasta que un día no pude contar ni un solo rastro de su paso por mi vida.
–Soy homosexual –le había dicho esa noche, después de buscar seguridad en su mirada y no habiéndola hallado por completo.
No me creyó de inmediato. Dejó su vaso a un lado, acercó su silla y empezó a interrogarme. Al igual que antes yo hablé del color de la incertidumbre, del peso intestinal de los años, de la curvatura cerrada de la hoz alrededor del cuello. Evité hablar de la ilusión quinceañera de mi primer amor no correspondido, de la masturbación frente al espejo y de que siempre, invariablemente, me enamoraba de hombres enamorados de sus novias. Rodeé como sabía. Ya no había que temer ser descubierto, pero desde el fondo, sin comprenderlo del todo todavía, me callaba el pudor de hablar de otros frente al hombre que se ama.
No hubo necesidad de explicarle a ninguno de nuestros compañeros de trabajo por qué nuestra amistad se había acabado, porque a pesar de convivir con ellos ocho horas diarias de lunes a viernes y en una variedad de eventos de fines de semana a los cuales éramos invitados y asistíamos, ninguno de ellos tenía la más puta idea de quiénes éramos nosotros y de qué la hacíamos en este mundo.
–¿Estás despierto todavía? –me preguntó suavemente Federico.
Apenas iba cayendo en la pompa de los sueños, cuando la pregunta de Federico me jaló hasta los ojos. Y yo creí que me alzaría con todo mi dolor contra su cara hasta devolverlo al hocico negro del olvido al que había decidido exiliarse, cuando descubrí en su mirada un dejo extraviado de haber sido humillado y vencido, y verlo además torpe, irresuelto, mientras manchaba con un halo de orfandad insoportable la alfombra sobre la que ahora se arrodillaba.
Federico, sin emoción, había terminado dentro, se había levantado de mi lado sin un beso, se había bañado en una larga hora, cuando, metido en su antiguo lado de la cama, sin decir ya nada, sin el halo de desamparo con el que amorosamente lo recibí en mis brazos, se quedó dormido.
Por la mañana no dijimos ni una sola palabra; nuestras soledades se escondían de sí en nuestros costados ocultos. En el trabajo nos embriagamos de ocupaciones y no hubo necesidad de decirnos que cada quien comería por su lado. Yo me fijaba: él no sólo actuaba como si no hubiéramos estado juntos, sino que casi no podía alcanzarse a decir que algo sugiriera una amistad entre nosotros.
Al final del día Federico se acercó a mí, con un halo levemente avergonzado.
–Vámonos –me dijo.
–Hasta mañana –lo despedí con una falsa indiferencia.
es muy bueno todo esto
Rédigé par: | novembre 04, 2005 à 22:50
Disfruté mucho leerla, la historia está llena de sorpresas y la manera en que está contada es fascinante, pareciera que me llevaste de la mano para mostrarme cada paso. El final cierra perfectamente el inicio. Me encantó. Gracias por compartirlo.
Rédigé par: Galetra13 | septembre 05, 2007 à 06:47