explicar con palabras de este mundo
que partió un barco de mí llevándome
Alejandra Pizarnik
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explicar con palabras de este mundo
que partió un barco de mí llevándome
Alejandra Pizarnik
Rédigé par Iván Francisco Sierra | Lien permanent | Commentaires (3)
LUGAR COMÚN entre los desinformados es afirmar categóricamente que, luego de Cien años de soledad, Gabriel García Márquez no ha publicado nada que alcance la calidad de aquella su primera obra maestra, la cual el Premio Nobel colombiano habría tratado de repetir sin conseguirlo en sus obras posteriores.
Dicho postulado cae por su propio peso al revisar, aun someramente, su obra posterior a la novela de Macondo. Tres de sus más importantes novelas fueron publicadas después de Cien años de soledad (1967): El otoño del patriarca (1975), Crónica de una muerte anunciada (1981) y El amor en los tiempos del cólera (1985). Ninguna de ellas, además, tiene, ni estructural ni argumentalmente, nexos demasiado evidentes con Cien años de soledad.
Otras obras importantes publicadas luego de su novela más conocida, por mencionar sólo tres, son Doce cuentos peregrinos (1992), el cuentario más próximo al que el autor siempre quiso escribir, según se lee en el prólogo del libro; Del amor y otros demonios (1994), novela luego de la cual no frecuentaría el género sino diez años después; y Vivir para contarla (2002), el primer tomo de sus memorias.
En estas tres obras, al igual que en las tres novelas ya mencionadas, vemos a un autor en pleno dominio de sus recursos, dueño de una prosa musical que invita al lector a seguir leyendo (una excepción a esto último es El otoño del patriarca, su novela más ardua, de difícil acceso) y que va ganando mayor precisión de libro a libro.
Este año, Gabriel García Márquez sorprende a sus lectores con un retorno triunfal y no anunciado (se esperaba el segundo volumen de sus memorias; o, en su defecto, un cuentario del que desde hace un par de años se puede leer el primer cuento en internet: “Nos vemos en agosto”) al género de la novela: publica Memoria de mis putas tristes.
Memoria de mis putas tristes es una deliciosa novelita sobre el amor, la soledad y la vejez. La obra, en síntesis, cuenta la historia de un hombre que descubre el amor a los 90 años. Si antes no tenía más expectativa que regalarse “una noche de amor loco con una adolescente virgen” para celebrar sus nueve décadas de vida, luego de la revelación, ante esa misma adolescente, no puede menos que desear vivir muchos más años.
Se pueden establecer nexos entre esta novela y “María dos Prazeres” (uno de los mejores cuentos del autor, incluido en Doce cuentos peregrinos) por la revelación tardía, casi epifánica del amor en ambos protagonistas; existen nexos también con El amor en los tiempos del cólera, por la revisión profunda, minuciosa y honesta (despojada de pudor) que hay en ambos libros de la vejez.
Aunque sutiles, hay innovaciones significativas en la más reciente novela de García Márquez. Desde su primer novela, La hojarasca (1955), el autor no recurría en su obra de ficción al narrador en primera persona (el narrador de Crónica de una muerte anunciada está en primera persona, pero es testigo y narra la mayor parte de la novela en tercera persona).
En Memoria de mis putas tristes es el mismo protagonista quien nos narra su historia, con una gran autoconciencia (dice del libro que leemos que son sus memorias: ha decidido llamarle “Memoria de mis putas tristes”) que sorprenderá a quien conozca la obra de García Márquez: ninguno de los narradores de la ficción del autor colombiano reflexiona sobre el propio arte de narrar al grado en que lo hace éste.
Todavía se da el lujo García Márquez de inventar palabras en su reciente novela cuando las que existen no le alcanzan para expresarse. Recuerdo de momento dos: “honorar” y “disturbar”.
No hay razón para ocultar que, pese a lo anterior, Memoria de mis putas tristes puede no sorprender a los lectores de García Márquez, cuya prosa tiene marcas identificables para quien lo conoce, cuyos nuevos personajes tienen salidas ingeniosas que se parecen a las de otros personajes del mismo autor.
Sin embargo, me atrevo a aventurar que, luego de leerla, no habrá lectores que ignoren el gran oficio de Gabo puesto al servicio de una historia que nos conmueve, nos emociona; que goza, por prestidigitaciones del autor, de nuestra aquiescencia literaria y afectiva, y que no nos permite dejar de leerla, apenas empezada la lectura (no sabemos si por el interés que la historia misma suscita o por el hechizo que la prosa ejerce en nosotros), sino cuando hemos devorado la última línea de la última página del libro.
Javier Munguía
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Cerré la puerta tras de mí de cualquier modo, aventé el llavero en la tina del lavaplatos, destrabé mis zapatos de los talones e hice un recorrido de excesivo talco en los calcetines hasta mi habitación.
La cama estaba hecha y tuve la sensación fugaz de no haberla dejado así, pero me zafé los pantalones y desarraigué los botones de sus ojales a la camisola sin detenerme sino en la dulzura del cobertor.
Apenas habiéndome acostado, me sumergió por completo en el sueño el sopor nostálgico que venía acompañándome desde que en el trabajo, en medio del alboroto controlado de la salida, Federico me dijo “hasta mañana”.
Federico y yo habíamos sido grandes amigos, estrechos solitarios vinculados por una intermitencia frecuentísima de sesiones catárticas, desde que una vez, en alguno de los tantos festejos organizados por los compañeros de la oficina, pasados de tragos, nos confesamos ser los olvidados del amor. Supongo que fuimos a tal extremo ignorados que nadie dio cuenta de nuestro intercambio inicial de confesiones, ni de cómo nos vimos en medio de todos por nosotros comprendidos, y menos, incluso menos, de cuándo nos levantamos y nos fuimos a restallar nuestro llanto a mi casa.
Nuestras reuniones fueron siempre más o menos lo mismo. Federico se lamentaba de su deslucida carrera de buscar mujer, de cómo sistemáticamente elegía a las que lo despreciaban desairando a las que habrían podido mostrarle algún interés. Federico hablaba de casos muy concretos: mujeres, sus nombres, cómo habían sido los encuentros con cada una de ellas, los pedregosos azares que lo habían desfavorecido en el transcurso de irse presentando, las sutiles y luego vociferadas negativas de sus cortejadas, las llamadas imperdibles que hacía a sus casas y trabajos, la lluvia de flores, serenatas y hostigamiento, los enfrentamientos con padres, hermanos y la policía, los bares, el filo de las banquetas, su lloro incesante orinándolo todo. En cambio yo, igualmente siniestrado, me desdoblaba en retóricas orbitales. Hablaba del dolor físico de la soledad, de la cualidad pulsátil del miedo, de las ganas de cagar que me dan cuando percibo que ya no soy tan joven. Hablaba de mi condenado corazón a una hambruna inolvidable. Federico no preguntaba más de lo que yo le decía, embriagado en su cúmulo de datos propios. Al final los dos irremisiblemente victimizados, terminábamos echando lo que nos había faltado por decir en el rosario puntual de los pujidos, pero para esas horas tanto él como yo habíamos dejado de escucharnos.
La soledad de Federico no se aguantó las ganas y vino a vivirse con la mía, trayéndoselo consigo. Se aquietaban una a la otra en las tranquilísimas comidas, en las horas de lectura por las tardes; se espiaban interesadas. Las soledades manejaban su amistad con un entusiasmo cargado de urgencia; habían olvidado por completo a qué debían dedicarse. Se burlaban de vernos tan serios y estirados; de ver a Federico meterse al otro lado de mi cama como en un estuche de silencio; de verme a mí en medio de la noche buscando un resquicio para hablarle.
Federico sirvió dos vasos de un vino abrasador que me puso rojas las orejas desde el primer trago. Ya habíamos comenzado en el último bar que visitamos esa noche, en busca de chicas para enamorarlas, a hablar sobre una de las mujeres que lo habían rechazado, la más reciente, así que para la media noche no había nada más que decir sobre la susodicha. “De la que se pierde”, dijo para cerrar apretándose el pantalón en la entrepierna. Mi rostro se obscureció apenas dos segundos antes de que el impulso de la carcajada echara afuera mi cuarto trago. Federico se sumó a la espesura, y riéndonos así no padecíamos de indefensión o de miseria.
Todavía no terminábamos bien a bien de superar el gesto lírico de Federico, y estando yo a medio camino de proveerme el quinto trago, éste me preguntó el nombre de la mujer que me había vuelto triste.
A pesar de haberse mostrado respetuoso y cómodo, e incluso diría que hasta un poco pícaro e innegablemente tierno, Federico, después de esa noche empezó a ejecutar la retirada. Empezó a desaparecer con la misma fina medida con la que pobló mi casa de sus cosas. Desaparecer de las comidas, de los recesos en el trabajo, de la longitud estirada de los fines de semana, de las noches en que selvática su respiración me había sofocado. La distancia entre nosotros creció como una ola interminable, hasta que un día no pude contar ni un solo rastro de su paso por mi vida.
–Soy homosexual –le había dicho esa noche, después de buscar seguridad en su mirada y no habiéndola hallado por completo.
No me creyó de inmediato. Dejó su vaso a un lado, acercó su silla y empezó a interrogarme. Al igual que antes yo hablé del color de la incertidumbre, del peso intestinal de los años, de la curvatura cerrada de la hoz alrededor del cuello. Evité hablar de la ilusión quinceañera de mi primer amor no correspondido, de la masturbación frente al espejo y de que siempre, invariablemente, me enamoraba de hombres enamorados de sus novias. Rodeé como sabía. Ya no había que temer ser descubierto, pero desde el fondo, sin comprenderlo del todo todavía, me callaba el pudor de hablar de otros frente al hombre que se ama.
No hubo necesidad de explicarle a ninguno de nuestros compañeros de trabajo por qué nuestra amistad se había acabado, porque a pesar de convivir con ellos ocho horas diarias de lunes a viernes y en una variedad de eventos de fines de semana a los cuales éramos invitados y asistíamos, ninguno de ellos tenía la más puta idea de quiénes éramos nosotros y de qué la hacíamos en este mundo.
–¿Estás despierto todavía? –me preguntó suavemente Federico.
Apenas iba cayendo en la pompa de los sueños, cuando la pregunta de Federico me jaló hasta los ojos. Y yo creí que me alzaría con todo mi dolor contra su cara hasta devolverlo al hocico negro del olvido al que había decidido exiliarse, cuando descubrí en su mirada un dejo extraviado de haber sido humillado y vencido, y verlo además torpe, irresuelto, mientras manchaba con un halo de orfandad insoportable la alfombra sobre la que ahora se arrodillaba.
Federico, sin emoción, había terminado dentro, se había levantado de mi lado sin un beso, se había bañado en una larga hora, cuando, metido en su antiguo lado de la cama, sin decir ya nada, sin el halo de desamparo con el que amorosamente lo recibí en mis brazos, se quedó dormido.
Por la mañana no dijimos ni una sola palabra; nuestras soledades se escondían de sí en nuestros costados ocultos. En el trabajo nos embriagamos de ocupaciones y no hubo necesidad de decirnos que cada quien comería por su lado. Yo me fijaba: él no sólo actuaba como si no hubiéramos estado juntos, sino que casi no podía alcanzarse a decir que algo sugiriera una amistad entre nosotros.
Al final del día Federico se acercó a mí, con un halo levemente avergonzado.
–Vámonos –me dijo.
–Hasta mañana –lo despedí con una falsa indiferencia.
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En la bocacalle te esperaba, mi amor,
que aquí dentro canturrea la flora enerve
un hilo de zumo delirante.
Rige el tentetieso hacia el lindero
¡y tiende pronto!,
que el meteoro luminoso de pensarlo
no ha dejado ni un segundo de ahogarse.
Santelmo en la abundancia descreída,
renueva en el relámpago el azoro;
recíbenos que somos
perdidas búsquedas nocturnas,
misterios inquietísimos de abrirse
y en el tibio arrebol de nuestra hez,
somos también un hambre de ternura.
Somorgújanos, carro ingobernable;
en tremedal azota el trance enceguecido,
abócate un instante en la cornisa
y vuelve a desmandar el bamboleo a su locura.
Aquiétate después en la espesura…
y vuelve a abandonar el bamboleo a su locura.
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Eduardo Llanos Melusa
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Amo el canto del zenzontle,
pájaro de cuatrocientas voces;
amo el color del jade
y el enervante perfume de las flores;
pero amo más a mi hermano el hombre.
Nezahualcóyotl
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¿Qué hace quien ignora a su ser propio, quien en definitiva cede su paso al diablo?
Juan Pablo Navarrete Aldaco
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Inventar significa hallar, descubrir. Producir algo de la nada o hacer lo no posible es terreno de la creación, pero la creación en su sentido más puro, bien lo sabemos, no existe: transcurrimos bajo la tutela de condiciones imperdibles. Sin embargo, la zona de juego es vastísima, y las posibilidades, incontables, lo que en suma nos dota de la capacidad creativa de los pequeños magos. “Inventar ciudades” (1998) nos invita a poblar creativamente nuestras vidas y acomodar el “ruido”, los mundos del mundo; también a decir “¿Esto ya no?” y apartarlo un poco; en una palabra: serse. María Luisa Puga (1944-2004) a través de Licha (que puede no ser sino un retrato autobiográfico) nos invita en un diálogo con el pasado nutrido de dudas intercambiadas, a observar la vida del ahora con una actitud reflexiva; lo cual, y no debo dejar de decirlo, no desgasta el asombro, sino que nos ayuda a encontrarlo.
Licha es una mujer madura, de lleno en la etapa de la menopausia, con una tendencia depresiva que ella percibe como una adolescencia de salida. Sin hijos. Diarista desde pequeña, Licha tiene un cúmulo de cuadernos que ahora lee sin evitar poner a contraluz junto a su presente, no hallándose sino a la misma de siempre: diferentes circunstancias pero la misma. Carlos, su pareja actual, un poco mayor que ella, tiene el don de la resolución de los problemas cotidianos. Es suave y adaptable. Sereno, constante, no puede sin embargo hallar el vínculo de la emoción irresuelta de su timidez —timidez osada, diría yo—, siempre oculta detrás de un aplomo contrastante, y las huidizas palabras para su inolvidable novela. Ambos, Licha y Carlos, llevan una suave relación mecida por el bosque (donde hallarían su casa, custodiada por Esteban, un árbol amigo, a un lado del cordón empedrado), perdidos voluntariamente de las ciudades de su juventud. La mansedumbre de su relación también les ha permitido distenderse y reencontrarse durante el día, sin forzamientos, cada uno fluyendo al cauce de sus ocupaciones. Pero ahora, ahora está Lorenza.
Lorenza llegó con ocho años, con el padre fallecido dos años atrás de amigo imaginario, con una madre recién partida al Cielo (embotellada seguramente en el tránsito aéreo), con la Ciudad de México de toda la vida. Llegó así, con su pelo negro cortito, como le gustaba a su mamá, a casa de Licha y Carlos, a la realidad rural. Llegó ahí porque su mamá, presumiendo de precavida, juramentó a Licha de que así fuera en caso de faltar. Y tan pronto llegó, Licha y Carlos empezaron a girar alrededor de la niña, procurándole y procurándose algo vital y necesario, fingiéndose cotidianos, integrándose, haciéndose los felices (tan bien que empezaron a serlo). Pero hay un miedo: Licha, creyéndose tan magnífica de adivinadora como la madre de Lorenza, decide que hay que hacerla fuerte.
Puga, sumergida en la introspección de sus personajes, teje una fina red de la complejidad humana, planteando las eternas contradicciones del ser. Cae en discursos retóricos, casi siempre inspirados por la voz de Licha, sin perder el humor sutil, la concepción ingeniosa, la interrupción luminosa. “Son tangibles varios y sutiles niveles de lectura, desde el simbólico hasta el más concreto” nos dice Gerardo Amancio sobre la obra. Y algo más: el lenguaje como vaso comunicante brumoso a veces —no demasiado—, y otras esclarecido, pero también como objeto observable —“A ver, cada uno escoja una palabra que le guste, que le guste cómo suena (…) Véanlas. Véanlas bien. Luego óiganlas, bien, con mucha atención. ¿Ya? Ahora tóquenlas”—.
“Inventar ciudades” es el viaje siempre novedoso y sorpresivo de la vida; la búsqueda del equilibrio entre indefensión y experiencia. Ir planteando preguntas y sugiriendo respuestas sin dejar de vivir. Porque, ¿cómo puede paliarse el dolor sino con amor? Y sin embargo, el amor nos hace vulnerables.
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Lamió la escobetilla del aplicador, cargada de un color que no estoy dispuesto a definir aquí más allá de decir que era rosa, una uña de cualquier mano de las que se cuenta Clarisa. Después, el aplicador alimentó del mismo rosa la uña del dedo más cordial de mi mano derecha. Doña Blanca, la siempre viva madre de Manolo, me previno diciéndome que así se empieza. ¡¿Empezar qué?! ¿Nadie le ha dicho a doña Blanca que me gusta la verga? ¡Coño!
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