LUGAR COMÚN entre los desinformados es afirmar categóricamente que, luego de Cien años de soledad, Gabriel García Márquez no ha publicado nada que alcance la calidad de aquella su primera obra maestra, la cual el Premio Nobel colombiano habría tratado de repetir sin conseguirlo en sus obras posteriores.
Dicho postulado cae por su propio peso al revisar, aun someramente, su obra posterior a la novela de Macondo. Tres de sus más importantes novelas fueron publicadas después de Cien años de soledad (1967): El otoño del patriarca (1975), Crónica de una muerte anunciada (1981) y El amor en los tiempos del cólera (1985). Ninguna de ellas, además, tiene, ni estructural ni argumentalmente, nexos demasiado evidentes con Cien años de soledad.
Otras obras importantes publicadas luego de su novela más conocida, por mencionar sólo tres, son Doce cuentos peregrinos (1992), el cuentario más próximo al que el autor siempre quiso escribir, según se lee en el prólogo del libro; Del amor y otros demonios (1994), novela luego de la cual no frecuentaría el género sino diez años después; y Vivir para contarla (2002), el primer tomo de sus memorias.
En estas tres obras, al igual que en las tres novelas ya mencionadas, vemos a un autor en pleno dominio de sus recursos, dueño de una prosa musical que invita al lector a seguir leyendo (una excepción a esto último es El otoño del patriarca, su novela más ardua, de difícil acceso) y que va ganando mayor precisión de libro a libro.
Este año, Gabriel García Márquez sorprende a sus lectores con un retorno triunfal y no anunciado (se esperaba el segundo volumen de sus memorias; o, en su defecto, un cuentario del que desde hace un par de años se puede leer el primer cuento en internet: “Nos vemos en agosto”) al género de la novela: publica Memoria de mis putas tristes.
Memoria de mis putas tristes es una deliciosa novelita sobre el amor, la soledad y la vejez. La obra, en síntesis, cuenta la historia de un hombre que descubre el amor a los 90 años. Si antes no tenía más expectativa que regalarse “una noche de amor loco con una adolescente virgen” para celebrar sus nueve décadas de vida, luego de la revelación, ante esa misma adolescente, no puede menos que desear vivir muchos más años.
Se pueden establecer nexos entre esta novela y “María dos Prazeres” (uno de los mejores cuentos del autor, incluido en Doce cuentos peregrinos) por la revelación tardía, casi epifánica del amor en ambos protagonistas; existen nexos también con El amor en los tiempos del cólera, por la revisión profunda, minuciosa y honesta (despojada de pudor) que hay en ambos libros de la vejez.
Aunque sutiles, hay innovaciones significativas en la más reciente novela de García Márquez. Desde su primer novela, La hojarasca (1955), el autor no recurría en su obra de ficción al narrador en primera persona (el narrador de Crónica de una muerte anunciada está en primera persona, pero es testigo y narra la mayor parte de la novela en tercera persona).
En Memoria de mis putas tristes es el mismo protagonista quien nos narra su historia, con una gran autoconciencia (dice del libro que leemos que son sus memorias: ha decidido llamarle “Memoria de mis putas tristes”) que sorprenderá a quien conozca la obra de García Márquez: ninguno de los narradores de la ficción del autor colombiano reflexiona sobre el propio arte de narrar al grado en que lo hace éste.
Todavía se da el lujo García Márquez de inventar palabras en su reciente novela cuando las que existen no le alcanzan para expresarse. Recuerdo de momento dos: “honorar” y “disturbar”.
No hay razón para ocultar que, pese a lo anterior, Memoria de mis putas tristes puede no sorprender a los lectores de García Márquez, cuya prosa tiene marcas identificables para quien lo conoce, cuyos nuevos personajes tienen salidas ingeniosas que se parecen a las de otros personajes del mismo autor.
Sin embargo, me atrevo a aventurar que, luego de leerla, no habrá lectores que ignoren el gran oficio de Gabo puesto al servicio de una historia que nos conmueve, nos emociona; que goza, por prestidigitaciones del autor, de nuestra aquiescencia literaria y afectiva, y que no nos permite dejar de leerla, apenas empezada la lectura (no sabemos si por el interés que la historia misma suscita o por el hechizo que la prosa ejerce en nosotros), sino cuando hemos devorado la última línea de la última página del libro.
Javier Munguía
Tiene razón el Javier, en ocasiones no nos tentamos el corazón para hablar de cosas que no sabemos, eso en todos los terrenos, no sólo en cuanto a la literatura. Es un defecto que tenemos los mexicanos, lo que no sabemos lo inventamos.
Sin embargo, no podemos negar que este asunto del gusto por tal o cual obra es un asunto verdaderamente subjetivo y la labor del crítico en ocasiones naufraga al intentar fundamentar tal subjetividad. En ese sentido, Azorín decía que los "deportes cultos y elegantes de la interpretación deben ser aplaudidos. Demuestran, tanto en zahoríes antiguos como en los novísimos, amor al arte, fervor por lo bello y alteza espiritual".
Saludos y buen fin.
nacho mondaca
Rédigé par: humphreybloggart | mai 01, 2005 à 13:03
Estimado Ivan:
Te pego aquí el link del post acerca de una pequeña anecdota acerca de la obra de García Márquez; puesto que según se indica en los derechos de la misma está prohibido que esta novela se preste en las bibliotecas.
Por otro lado, estoy de acuerdo, es una novela deliciosa.
http://jacinperez.blogs.com/mi_weblog/2005/03/de_sus_putas_tr.html
Saludos y que conste que te sigo y me encanta tu blog.
Jacinto
Rédigé par: Jacinto | mai 02, 2005 à 09:54
Novela deliciosa? (quiero acotar que es una de las frases más maricas de la que tengo conocimiento)
Es una novela aburridísima que no dejaba de recordarme a cada instante otras novelas.
Parece un grito desesperado de García Márquez para que sepan que todavía sigue existiendo.
Si va a seguir escribiendo así mejor que se retire el viejito.
Rédigé par: LaRomana | juin 25, 2005 à 15:35