Inventar significa hallar, descubrir. Producir algo de la nada o hacer lo no posible es terreno de la creación, pero la creación en su sentido más puro, bien lo sabemos, no existe: transcurrimos bajo la tutela de condiciones imperdibles. Sin embargo, la zona de juego es vastísima, y las posibilidades, incontables, lo que en suma nos dota de la capacidad creativa de los pequeños magos. “Inventar ciudades” (1998) nos invita a poblar creativamente nuestras vidas y acomodar el “ruido”, los mundos del mundo; también a decir “¿Esto ya no?” y apartarlo un poco; en una palabra: serse. María Luisa Puga (1944-2004) a través de Licha (que puede no ser sino un retrato autobiográfico) nos invita en un diálogo con el pasado nutrido de dudas intercambiadas, a observar la vida del ahora con una actitud reflexiva; lo cual, y no debo dejar de decirlo, no desgasta el asombro, sino que nos ayuda a encontrarlo.
Licha es una mujer madura, de lleno en la etapa de la menopausia, con una tendencia depresiva que ella percibe como una adolescencia de salida. Sin hijos. Diarista desde pequeña, Licha tiene un cúmulo de cuadernos que ahora lee sin evitar poner a contraluz junto a su presente, no hallándose sino a la misma de siempre: diferentes circunstancias pero la misma. Carlos, su pareja actual, un poco mayor que ella, tiene el don de la resolución de los problemas cotidianos. Es suave y adaptable. Sereno, constante, no puede sin embargo hallar el vínculo de la emoción irresuelta de su timidez —timidez osada, diría yo—, siempre oculta detrás de un aplomo contrastante, y las huidizas palabras para su inolvidable novela. Ambos, Licha y Carlos, llevan una suave relación mecida por el bosque (donde hallarían su casa, custodiada por Esteban, un árbol amigo, a un lado del cordón empedrado), perdidos voluntariamente de las ciudades de su juventud. La mansedumbre de su relación también les ha permitido distenderse y reencontrarse durante el día, sin forzamientos, cada uno fluyendo al cauce de sus ocupaciones. Pero ahora, ahora está Lorenza.
Lorenza llegó con ocho años, con el padre fallecido dos años atrás de amigo imaginario, con una madre recién partida al Cielo (embotellada seguramente en el tránsito aéreo), con la Ciudad de México de toda la vida. Llegó así, con su pelo negro cortito, como le gustaba a su mamá, a casa de Licha y Carlos, a la realidad rural. Llegó ahí porque su mamá, presumiendo de precavida, juramentó a Licha de que así fuera en caso de faltar. Y tan pronto llegó, Licha y Carlos empezaron a girar alrededor de la niña, procurándole y procurándose algo vital y necesario, fingiéndose cotidianos, integrándose, haciéndose los felices (tan bien que empezaron a serlo). Pero hay un miedo: Licha, creyéndose tan magnífica de adivinadora como la madre de Lorenza, decide que hay que hacerla fuerte.
Puga, sumergida en la introspección de sus personajes, teje una fina red de la complejidad humana, planteando las eternas contradicciones del ser. Cae en discursos retóricos, casi siempre inspirados por la voz de Licha, sin perder el humor sutil, la concepción ingeniosa, la interrupción luminosa. “Son tangibles varios y sutiles niveles de lectura, desde el simbólico hasta el más concreto” nos dice Gerardo Amancio sobre la obra. Y algo más: el lenguaje como vaso comunicante brumoso a veces —no demasiado—, y otras esclarecido, pero también como objeto observable —“A ver, cada uno escoja una palabra que le guste, que le guste cómo suena (…) Véanlas. Véanlas bien. Luego óiganlas, bien, con mucha atención. ¿Ya? Ahora tóquenlas”—.
“Inventar ciudades” es el viaje siempre novedoso y sorpresivo de la vida; la búsqueda del equilibrio entre indefensión y experiencia. Ir planteando preguntas y sugiriendo respuestas sin dejar de vivir. Porque, ¿cómo puede paliarse el dolor sino con amor? Y sin embargo, el amor nos hace vulnerables.